Colusión: El “thriller” del semestre
julio 2, 2009 at 4:34 am 1 Comentario
No. Gustos musicales y talento mundial aparte. La noticia de la muerte de Michael Jackson no es la información más relevante de nuestro primer semestre 2009. Al menos no para los chilenos, cuyos recuerdos del rey del pop se limitan a un recital cancelado en el Estadio Nacional en marzo de 1993 y a las patéticas apariciones de Juan Antonio Labra –el Michael chileno- en el estelar-prime de turno.
Pero el “sensible” fallecimiento del polémico residente de Neverland sí dejo en evidencia su afición por las drogas. Según los resultados de la cuestionada autopsia habría sido una sobredosis de Domerol lo que lo llevó al mas allá. Un fármaco de fácil acceso: basta dinero y una receta médica, algo que ha Jacko –deudas millonarias a un lado- no le era difícil conseguir.
El Domerol, cosa curiosa, no forma parte de la extensa lista de medicamentos cuyos precios fueron abultados por las tres principales cadenas de farmacias chilenas en el episodio noticioso que, a juicio de los juiciosos, sí puede ser considerado como “el” hito informativo en lo que va del año.
El impacto fue inmediato. Era como para no creerlo. Altos ejecutivos de Farmacias Ahumada, Salcobrand y Cruz Verde, se habían puesto de acuerdo en torno a un café para subir los precios de más de 150 remedios para “recortar” una suculenta utilidad en desmedro de sus confiados, y a veces afiebrados, clientes.
Tal fue la gravedad del escándalo que hasta la propia Presidenta de la República sacó la voz para denunciar la “injustificada e inmoral avaricia” de los responsables de este fraude. Los coletazos políticos no se hicieron esperar: resulta que el candidato de la Coalición por el Cambio, Sebastián Piñera, era accionista de FASA, dueña de las sucursales Ahumada. Piñera, en una actitud que fue cuestionada en el oficialismo, “huyó” del directorio de la firma asegurando que no tenía idea de la trama de este culebrón y que trampas como esa debían ser castigadas con el mayor rigor.
Lo peor de todo es que se trataba de farmacias. Si se hubiera tratado de fábricas de pinches, enlatadoras de atún o costureras de bufandas, las repercusiones no habrían sido las mismas: se les estaba “robando” (esa palabra se usó en los medios) a quienes acudían en busca de salud, no de caprichos o necesidades secundarias.
Y eran las farmacias –esas que, en los últimos tres años se han tomado cuanta esquina disponible hay en Santiago y regiones- las “malas” de esta cruel película de terror (debate aparte sería regular la apertura de farmacias con la facilidad con que hoy se hace: en países como España, el debut de una nueva “droguería” requiere del visto bueno de autoridad central, al estilo de las notarías).
Luego vino el impacto ciudadano. Bombas molotov, rayados y golpes fueron la “propia medicina” que tuvieron que tolerar las tres cadenas coludidas producto de la indignación de quienes se enteraron por la prensa que la pastillas que hace tiempo tomaban para su achaque, en realidad valían varios pesitos menos de los que la boticaria le informaba con aquella tétrica “sonrisa Pep”. Comenzaron entonces a proliferar los correos electrónicos que recomendaban acudir a las farmacias de barrio, aquellas que gracias a la perseverancia microempresarial de sus dueños habían logrado sobrevivir al aplastante imperio de las tres cadenas en jaque.
Capítulo aparte fue el lío judicial que se comenzó a tejer. Y es que tras la confesión de culpabilidad por parte de FASA, las responsabilidades indemnizatorias no formaron “ley pareja”: la pena “premió” al acusete en un proceso que continúa en tribunales debido a las apelaciones de Salcobrand y Cruz Verde.
Pubilicitariamente el notición también se hizo notar. Durante algunas semanas las farmacias desaparecieron de la televisión, los diarios y los letreros callejeros. La vergüenza obliga. Pero hace poco, como si nada, reaparecieron con tentadoras promociones, beneficios, convenios, descuentos y cariños múltiples para subsanar, en parte, el daño causado. Rostros tan taquilleros como el de Francisca Imboden “dieron la cara” para reconquistar a un público todavía enfadado.
La verdadera compensación, sin embargo, llegó de la mano de una orden judicial y un enmarañado sistema de devolución de dineros a los afectados. Con sus propios recursos las farmacias debieron agachar el moño y explicar en gigantescos insertos de prensa el modo de conseguir la indemnización correspondiente.
El parlamento también tomó cartas en el asunto y, con un consenso político que ya quisieran otros proyectos de ley, despachó en tiempo record la normativa para que en adelante este tipo de delitos sean castigados con penas de cárcel.
Hasta que llegó, como caída del cielo, la temida fiebre porcina (otro gran hito noticioso digno de análisis). ¿Alguien se acordó de lo perversa que “eran” las farmacias cuando debió partir corriendo a comprar Tamiflú para su hijo contagiado? Gran paradoja: la influenza humana AH1N1 resultó ser el “remedio” comercial para las firmas coludidas que, a estas alturas, comienzan a recuperar la afluencia de público.
De todos modos, en nuestro inconsciente colectivo quedará marcada la estafa de proporciones que significó la colusión de precios por parte de las farmacias más grandes del país… un hecho que, como vimos, tuvo repercusiones políticas, sociales, judiciales, económicas, culturales y publicitarias.
Entrada archivada en:América del Sur. Etiquetas:Chile.
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1.
fff | agosto 21, 2009 a las 6:26 pm
es DEMEROL tonto weon…